Un día iba caminando por el supermercado, empujando el clásico carrito cargado con guarniciones necesarias para pasar una noche agradable entre amigos, después de pagar, encaminándome al carro, pasé a un costado de un estante donde vendían arreglos florales en el cual mostraban algunos como ejemplo y unos de ellos tenían globos de Elio. Un señor insignificante, como cualquier otro, entraba a la tienda con un gesto sin embargo, a diferencia de mi, él apenas razonaba las cosas que iba a comprar, y en el asiento del carrito estaba sentado un niño de unos 3 años de edad con su mirada al frente y colgando los pies en dirección de su papá. No se si fue cosa del destino o simplemente por casualidad, él señor y yo cruzamos al mismo tiempo por ese lugar, y el niño al mirar el globo sonrió señalándolo. En verdad no conozco manera de explicar esa felicidad que vi en él, quizá porque nunca la halla vivido, pero fue una sonrisa tan peculiar, que no veo la forma en que yo pudiera sentirla, sublimemente emocionado por ver ese globo a su lado, y yo, que la verdad ni me había percatado del estante, mucho menos de las flores, muchísimo menos del globo, y al verlo se me hizo de lo más insignificante, y me hice una pregunta: ¿Qué tiene que pasar, para que un hombre ya no alcance esa felicidad al ver un globo de Elio?, ¿Por qué él la siente y porque yo no?
Por alguna curiosa razón recordé el día en que la vida me presentó con el amor, y no supe que decirle, era algo tan nuevo para mí, era un extraña sensación de quererlo todo vivir y darse cuenta que nada había tenido sentido en los años que llevaba viviendo, llegando a una conclusión de que solo se vive para ello, ese aire que salía en mi, esas expresiones y esos sentimientos nuevos me obligaban a explorar una pradera que ni el mejor poeta del mundo me lo hubiera podido explicar, tenia que vivirla, aún batallo para expresarlo, además fue una felicidad sublime. De algo estoy seguro, que ese niño sentía lo mismo al ver el globo que lo que sentí yo cuando conocí el amor, la única diferencia entre él y yo, es que he visto tantas veces globos que he perdido esa capacidad de asombro, al igual como pasa con todas las cosas.
Es tan hermoso conocer algo, recuerdo como si fuera ayer aquel catorce de septiembre de dos mil uno, cuando mi hermano me llevó a su escuela y sentándome frente a una computadora platiqué con mi hermana por MSN, era tan nuevo para mí que al ponerme de “nick” Osama Bin Laden, tuve que quitarlo por miedo creyendo que el gobierno de Estados Unidos realmente creyera que era él quien estaba conectado, en fin, pudiera pasarme toda la noche escribiendo sobre ese tipo de cosas que conozco por primera vez, y perdemos todo el tiempo queriendo revivirlas, tratando de asombrarnos por cosas que ya no nos asombran, buscando el mismo sentimiento en algo que ya no nos provoca. Si una noche en monterrey nieva la gente es más feliz que la de Alaska si sucede el mismo fenómeno, y no es que ellos hayan perdido la capacidad de asombro, si no que lo ven casi todos los días.
He comprendido que el ser humano no se quebranta con problemas y pierde el asombro, si no que ya no lo haya viendo lo que ha visto o vivido toda su vida, no es que ese niño sea más puro que yo, si no que él encuentra esa felicidad en algo que yo ya no, pero pueda sentirla del mismo modo pero de diferente manera y así como ese niño no sabía la felicidad que le daría verlo, yo tampoco sé que es lo que me la daría.
Ahora comprendo, querer vivir de nuevo lo mismo con lo mismo marchita nuestro tiempo posponiendo lo que nos hará vivir lo que queremos, por eso os exhorto a recordar cuando sea necesario, pero a experimentar en todo momento, nunca sabes cuando veras y sentirás, lo que ese niño le paso con ese globo.
domingo, 15 de febrero de 2009
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